Los celos
Los sentimientos se hallan sujetos a enfermedades,
al igual que todas las facultades o funciones lesionadas o desgastadas.
La indigestión es una enfermedad de la función nutritiva
llevada al exceso. El cansancio es el efecto producido por el ejercicio.
La tisis pulmonar es la enfermedad del pulmón lesionado.
El sacrificio es la ampliación de la abnegación. El
odio es, a menudo, una enfermedad del amor. Los celos, otra.
Los celos revisten varios aspectos. Hay celos propietarios.
Es la enfermedad del amor legal, sancionado o no por el código.
Uno de los cónyuges considera al otro como “su propiedad”,
como “cosa” suya, una “costumbre” de la
que no puede escapar. Y no concibe ni que “su cosa”
se retire ni que le quiten su poder. Esta forma de celo puede complicarse
bajo la influencia de heridas de amor propio o agravarse bajo el
imperio de consideraciones económicas.
Hay “celos sensuales” cuando
uno de los participantes de la experiencia amorosa se halla “disminuido”
por el cese de las relaciones amorosas que lo vinculaban con la
persona que ama todavía. Complicado con el deseo, el padecimiento
se acrecienta ante el conocimiento de que un tercero disfruta los
placeres que el enfermo o enferma se había reservado para
sí.
Existen también los “celos sentimentales”,
que proceden del sentimiento de una disminución de la intimidad,
un achicamiento de la amistad, un debilitamiento de la dicha. Sea
o no explicable el eclipse del afecto que le produce la persona
amada, el paciente siente que aquel amor del cual era objeto decrece,
enferma y amenaza con apagarse. Entonces su moral y su físico
se resienten. Se altera, incluso, su salud general.
Los celos sensuales o sentimentales pueden considerarse también
como una reacción del instinto de conservación de
la vida amorosa contra lo que amenaza su existencia.
Los “celos propietarios”, que no tienen nada de interesante
desde el punto de vista individualista, van ligados a la desaparición
de la idea de que un ser pueda pertenecer a otro como si se tratase
de un bien mueble o un objeto cualquiera. Los “celos sensuales”
se curan, generalmente, en cuanto el paciente encuentra otro individuo
con el cual revive emociones y sensaciones más o menos semejantes
a las perdidas con el ser que lo ha dejado.
Algunos hechos demuestran que los “celos sentimentales”
son de mal curar, y a veces incurables. Se han visto seres recibir
tal golpe de un desengaño amoroso que toda su vida quedó
alterada. Se han visto hombres que edificaron sobre un afecto toda
su vida sentimental y que, habiéndolo perdido, se sintieron
a tal punto desconcertados que se dieron la muerte.
Los individualistas no niegan los celos más que la fiebre.
Pero si es verdad que las experiencias sexuales difieren unas de
otras, ¿cómo los celos, -forma morbosa más
que enfermedad de amor- pueden existir? Un individuo, sujeto u objeto
de una experiencia amo-rosa, ¿puede lamentarse o desolarse
razonablemente por carecer de cualidades, de atributos necesarios
para atraer a otro semejante? Una cosa es la experiencia sentimental,
otra la experiencia sensual, y aún otra la elección
de un procreador. Puede darse que el hombre que una mujer elija
como procreador no sea aquel por quien ella siente su mayor afecto,
y que busque en él ciertas cualidades físicas que
le son indiferentes en el otro. ¿Puede uno estar razonablemente
celoso del otro?
¿Se puede afirmar que, en la mujer, los celos sean prueba
del amor? ¿No son, al contrario, el resultado de tantos siglos
durante los cuales el sacerdote y el legislador no dejaron de repetirle
que era posesión o cosa del hombre, que debía, a cambio,
ser solamente suya, y que a su dueño le estaba prohibido
tener a la vez dos cosas de su misma especie?
Si es cierto que el amor, una vez apagado, no vuelve a encenderse,
no se puede negar que no haya dureza y hasta crueldad en abandonar
al aislamiento y al dolor al ser que ama sinceramente y al cual
se dio el motivo para contar con ser retribuido en su sentimiento.
Casi siempre -cuando se trata de hombres conscientes, que hacen
intervenir, en sus experiencias afectivas, la reflexión y
la voluntad-, una explicación leal, seria, hace desaparecer
las causas de la enfermedad.
Cuando el amor ha desaparecido realmente, la curación se
obtiene con el razonamiento más que con la piedad. La piedad
-que no hay que confundir con la benevolencia- es uno de esos remedios
inciertos y equí-vocos que, en lugar de curar las enfermedades,
las perpetúan.
Con frecuencia encontramos en la sociedad desgraciados que recurren
a la violencia o a la intimidación para conservar el amor
de quien pretenden amar. Cabe preguntarse qué puede quedar
de un afecto que se prolonga bajo la amenaza del revólver.
No se com-prende qué puede ganar quien mata a la persona
amada. Sin premeditación, es un gesto de locura; pre-meditado,
es una venganza. Ahora bien, sobre todo en el dominio de las cosas
del corazón, la venganza es una acción vil.
A los “celosos convencidos”, que afirman
que los celos son una función del amor, los individualistas
les recuerdan que el amor, en su sentido más elevado, puede
también consistir en “querer, por encima de todo, la
felicidad de quien se ama”, en encontrar “la propia
alegría en la máxima realización de la personalidad
del objeto amado”. Este pensamiento, en quienes lo comparten
y alimentan, termina casi siempre por curar los “celos sentimentales”.
En el fondo existe el temor de que estos diversos medios de emoción
sean meros paliativos y no curen el mal más que superficialmente.
En amor, como en todo lo demás, es la abundancia lo que aniquila
los celos y la envidia. He aquí por qué la fórmula
del amor en libertad, todos a todas, todas a todos, está
llamada a ser la preferida del medio anarquista.
Emile Armand
nació en París, en 1872 |
Prostitución
“Prostituir su cerebro, su brazo o su empeine,
es siempre prostitución o esclavitud”. Pero esto no
es una apología sexual. Muy por el contrario. Lo que quiere
decir es que el trabajador y trabajadora que se deja explotar cerebral
o muscularmente, cometería tamaño error si se imaginara
“moralmente” superior a la meretriz callejera atrapando
viandantes. Porque o se es hostil o favorable a la explotación.
Que sean facultades cerebrales, fuerza muscular u órganos
sexuales lo que se haga explotar, es sólo una cuestión
de detalle. Un explotado o explotada será siempre una explotada,
y todo adversario de la explotación que se deja explotar,
se prostituye. No veo en qué pueda ser superior a la “ramera”
o la mujer mantenida el humano que, adversario de la explotación,
pasa toda una jornada de trabajo en una máquina realizando
un gesto de autómata, o va a ver superior si arranca algunos
pedidos para su principal de una parroquia de mercantes. El estado
de prostitución no tiene que ver con el género de
oficio que se tenga, es el hecho de ganarse la vida por un procedimiento
contrario a las opiniones que se profesan o que refuerza el régimen
que se quiere combatir.
Emile Armand nació
en París, en 1872 |